Museo del Juguete

“Qué rápido ruedan las ruedas del ferrocarril”: EL VIAJE

 

 

 

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¿Para que sirve un museo si no es para generar relaciones, encuentros inesperados, experiencias compartidas? ¿para qué sirve una colección si no es para ser vista y dicha, mientras se ponen en tensión el pasado y el presente?

¿cómo se forma profesionalmente un equipo de trabajo si no es explorando sus límites y sus capacidades fuera de lo esperable o lo convencional?

Estas y muchas otras preguntas quedan como inquietud y promesa luego de nuestra experiencia con el proyecto “Qué rápido ruedan las ruedas del ferrocarril”, llevado a cabo junto con Ferrowhite museo-taller.

También nos preguntamos cómo establecer un diálogo nuevo con visitantes que son en rigor de verdad bien visitados, o qué pasa cuando el museo de ser habitualmente visitado se convierte en visitante.

Nada de lo que imaginamos ocurrió de la manera en que lo imaginamos, pero precisamente por eso lo que ocurrió se pareció a un gran juego donde lo cotidiano dejó lugar a lo maravilloso, a lo extraordinario, y nos conmovió y transformó a todos: visitantes y visitados.

Fueron 14 horas sobre una formación de Ferrobaires.

Éramos un grupo heterogéneo formado por integrantes de ambos museos: Nicolás, Daniela, Marcela, Tomás, Guillermo, Analía, Fernanda, miembros de ABTE (Asociación de boletos tipo Edmonson), Ezequiel y Patricio, y Cacho Ramello.

Apenas salió el tren, Ezequiel Semo y Patricio Larranbebere, de ABTE repartieron boletos Edmonson, que luego picaron a la mañana, una vez que pasamos Sierra de la Ventana, con ese aparatito metálico que muchos estamos a punto de olvidar para siempre y que otros era la primera vez que veían.

Hicimos dos recorridas sobre el tren tomando como punto de inicio nuestro vagón especialmente instalado y amoblado con mesas y bancos de cartón prensado de Grin Craft. Primero, hacia clase turista, luego hacia primera clase. Repetimos ese recorrido dos veces, a la noche y a la mañana.

A la noche contamos la historia del origen del ferrocarril, y su esplendor, pasando por los años peronistas y el modo en que los trenes de juguetes reflejaron el momento de la nacionalización, la expansión, su posterior deterioro, y el cierre de decenas de ramales. Mostramos trenes de hojalata, especialmente Matarazzo, y algunas piezas de madera. La gente comentaba, contaba historias, y trataba de imaginar, ante la pregunta de Marcela, cuántos kilómetros de vía quedan en la actualidad de aquellos 45.000 originales.

A la mañana, cuando el sol anunciaba la llegada del viernes, y salimos de nuevo con nuestro carrito exhibidor, y nuevas locomotoras para mirar y manipular, hablamos del desguace, de la tristeza que produce constatar la escasez de vías, la desconexión, la soledad de los lugares a los que el tren ya no llega, la melancolía que inspiran las estaciones abandonadas, testigos de las decisiones políticas, las presiones sindicales, las necesidades insatisfechas y los cambios de época.

Tanto el ferrocarril como los juguetes del pasado despiertan emociones, sentimientos, recuerdos, en la gente. Los trenes de juguete condensan una enorme y variada acumulación de experiencias vitales, muchas de ellas infantiles, que volvieron a ser compartidas, dichas en voz alta, resignificadas, mientras el museo itinerante atravesaba los pasillos del tren. Narrar es narrarnos; contar historias es decir quiénes somos, qué queremos, qué nos conmueve y qué nos importa.

Dar la oportunidad de narrar, narrarse, hacer memoria y enlazar esa memoria con el presente, con la vida de todos los días, con lo que somos capaces de imaginar para el futuro, es parte sustancial de la tarea de un museo. Hacerlo de manera inusual, jugando, creando un momento especial capaz de dejar marcas subjetivas y fotos que mostrar a otros, es el desafío de los museos contemporáneos.

Resuenan en nuestros oídos “Me encanta el tren”, “¡Qué belleza!”, “Siempre quise tener una Marilú”, “Genial”, “¡Gracias chicos!”, “¿Dónde queda el museo?”, “Mi papá me contaba…”, “¿Viste?”, “¡Despertate! ¡mirá!”.

Agradecemos a TyPA, que nos dio la posibilidad de participar en un concurso y ganar el subsidio que nos permitió concretar el viaje. A Natalia, Adrián, Daniela y Tamara, de Ferrobaires, que en sus diferentes roles nos acompañaron y lo hicieron posible, intercediendo ante las autoridades para que pudiéramos contar con un vagón especial y asistencia durante todo el viaje. A los chicos de ABTE que imprimieron el más perfecto souvenir del viaje, un boleto de cartón que es un viaje en sí mismo. A los Municipios de Bahía Blanca y San Isidro por acompañar. A la Asociación Amigos del Castillo. A Ronco y su mamá Cristina que nos vinieron a despedir. Y por supuesto a Cacho, un vendedor ambulante de trenes que desde el primer día supo interpretar nuestro objetivo y darle a este proyecto el espíritu y la calidez necesaria para decir verdades no siempre felices de un modo en que todos pueden comprender.

“Este proyecto fue premiado en La Coronación, concurso de proyectos de El Museo Reimaginado. Encuentro de profesionales de museos de América y contó con un subsidio de la Fundación Williams para su realización”